Negociar lo innegociable

 Antes explicaba de más.

Justificaba.

Esperaba.

Daba oportunidades infinitas.


No porque fuera débil.

Sino porque amaba desde la entrega, no desde el equilibrio.


Pero cuando una mujer se da su lugar, algo se recoloca:

deja de negociar lo innegociable.


Y lo más desconcertante no es el cambio en sus palabras,

sino en su energía.


Ya no hay enfado.

Hay calma.


Una calma nueva que descoloca a quien estaba acostumbrado a que insistiera.





No compite, no persigue, no se sobreesfuerza



Cuando una mujer no se da su lugar, compite sin darse cuenta:


  • Compite con otras mujeres.
  • Compite con el pasado.
  • Compite con la indiferencia.



Se esfuerza por ser suficiente.


Pero cuando se coloca en su sitio, algo profundo ocurre:

deja de competir porque deja de compararse.

Y al dejar de compararse, deja de perseguir.


No porque ya no le importe el vínculo,

sino porque deja de abandonarse para sostenerlo.



Quizá la pregunta no es:

“¿Por qué el otro no cambia?”


Quizá la pregunta es:

¿En qué momento empecé a hacer demasiado para no perder lo mínimo?


Porque hay un instante silencioso en el que una mujer despierta

y entiende que el amor no debería doler por insistencia.


Y ese día deja de perseguir.

No para castigar.

Sino para volver a sí.


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